Solo te escribia para decirte que hoy le he dado el libro a (…) tenías que ver como ha llorado y como se ha reido (…) Bueno solo era para darte las gracias por tu maravilloso trabajo (…)
Mendo
La llegada al pueblo en agosto era siempre triunfal. El último frenazo del R12 color butano ante la puerta de la casa familiar levantaba una nube espesa de millones de partículas en suspensión, compuesta por caca de oveja molida, restos de trigo y vulgar polvo, comparable a la que provocaría el alunizaje de una nave espacial. Sólo cuando la porquería volvía al suelo, la familia al completo se materializaba. O, más bien, lo que quedaba de nosotros. Salíamos del coche sudorosos, con restos de Fanta y chorizo Pamplona en la ropa y con la cara llena de mocos y lágrimas por la penúltima bronca durante el viaje. Para los abuelos no era tarea sencilla reconocernos tras un año ausentes y los pobres tenían que hacer un esfuerzo para decir aquello de “pero qué guapos estáis”.
Más de veinte se pasó contemplando el ir y venir en la vida de aquel pueblo de ciento ochenta y nueve habitantes; dos décadas que les convirtieron a él y a su modesto trono en una institución y en parte del paisaje de nuestros veranos.
Mendo observaba nuestro aterrizaje con el mismo descuidado interés que dedicaba al rebaño anárquico y ruidoso que asomaba a diario por la derecha, al final de la calle, y desaparecía lentamente, por la izquierda. El ruido de los cascabeles, balidos y taconeos de las cabras no alteraba su monárquica serenidad y resonaba en su cabeza como el carraspeo del dial antes de encontrar la sintonía adecuada del pueblo: el silencio. Un silencio físico, espeso, alerta ante cualquier ruido para, una vez agotado éste, volver a adueñarse del pueblo, especialmente a la hora de la siesta.
Un viernes, que lo tal vez pudo haber sido martes, sucedió algo que también pudo haber sido un sueño: mi abuelo, coronado por su enorme boina negra corría en pijama blandiendo una raquítica vara de madera detrás de un toro que había escapado del chiquero.
El sonido bronco del galope del animal y la imagen de sus cuatrocientos kilos trotando a través de un camino de cabras componían una escena situada en el filo que separa lo grotesco de lo imponente. Yo, que permanecía alerta a algún indicio de vida en la mirada de Mendo, lo registré, como él, con idéntica indiferencia. Tras unos segundos inquieta por ese contagio, me levanté de las escaleras de mi puerta y salí corriendo en dirección a uno de los pocos lugares que escapaban al ángulo de visión de mi vecino: la charca de las ranas.
Aquel lugar bisbiseante por el sonido de los miles de moscas que lo poblaban era uno de mis escondites preferidos. Destripar la rana más gorda de la charca constituía un secreto placer que desapareció con la edad aunque, para entonces, había practicado decenas de autopsias. El anzuelo con un pequeño trozo de tela roja enganchado al sedal y una piedra afilada eran todo el material que necesitaba para extraer del agua empozada y cubierta de limo unos bichos resbaladizos e inflados como globos. Nunca vi crueldad en aquella cirugía chapucera (quizá porque las ancas de rana eran muy apreciadas en casa y yo también cuando llegaba con mi botín).
Aquella misma tarde divisé a Mendo en mi territorio, al otro lado del pestilente riachuelo próximo a la charca. No recordaba haberlo visto nunca de pie y la sorpresa al saberlo fuera de su trono se diluyó cuando adiviné su cometido allí: observaba sin inmutarse cómo la camada de gatitos que acababa de abandonar en el agua braceaba desesperadamente para no ahogarse.
Su aislamiento le impidió adivinar mi furtiva llegada por su espalda. Solté mi bolsa llena de ancas de rana en el suelo y una pequeña carrera me regaló el impulso necesario para lanzar a Mendo de bruces sobre sus víctimas.
Durante años me pregunté qué mirada reflejaron las miserables aguas de aquel riachuelo lleno de mierda.
Idoia Huici



