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Celebrando la familia

No he querido aprender a hacer croquetas. Pronto tuve la certeza de que jamás iban a ser como las de mi tía Sara y renuncié a cualquier intento de imitarla. Ella trató de enseñarme el último día que la vi, en su veintinueve cumpleaños.
Sus croquetas tenían una masa tan cremosa como la leche condensada: ni tan líquida como para tener que sorberla, ni tan espesa como para tener que ablandarla con saliva. La masa se adhería a la lengua y se expandía por toda la boca creando la sensación de que uno se metía dentro de la croqueta y no al revés. Eran redondas y de un color tostado, como un hombro bronceado por el sol. Un leve mordisco bastaba para quebrar su costra que, una vez agrietada, derramaba su interior impregnado de un intenso sabor a jamón. El piso entero olía a bechamel y aceite caliente.
El edificio donde vivía con su familia era el único rascacielos construido en un barrio de aceras peladas y socavones encharcados. Yo era la encargada de tocar el timbre del portal y del ascensor en los que nunca nos topamos con nadie. Cuando aterrizábamos en el décimo piso, la puerta estaba entornada y entrábamos sin más ceremonia. En penumbra, avanzábamos por el pasillo hasta llegar al comedor, unido a la cocina por una puerta corredera siempre abierta. Mi tío, que siempre nos recibía en pijama, solía estar sentado a la cabecera de la mesa sin apartar sus ojos de Sara. Mientras ella cocinaba, miraba fijamente su espalda como si en ella proyectaran una película de miedo. Cuando nos oía, aplastaba su pitillo en un cenicero rebosante de colillas y abría el periódico al azar.
Mi madre entraba a la cocina, abrazaba a su hermana y la interrogaba sin palabras hasta que Sara asentía en silencio con ojos llorosos. Yo entonces no sabía qué significaba aquel diálogo mudo pero intuía que estaba triste y se avergonzaba ante nuestra familia. Salía de su reducto el tiempo justo para besarnos a los tres pequeños y saludar a mi padre. Mi tío observaba la escena de reojo y antes de que nadie abriera la boca, nos mandaba a jugar al cuarto de sus hijas con tono desabrido.
Algo más tarde, ella venía a avisarnos de que el aperitivo estaba listo. Nunca demostró prisa por volver a los fogones. Se quedaba un rato apoyada en el quicio mientras rematábamos nuestros juegos.
Al llegar a la mesa, la bandeja reinaba sobre el silencio denso del comedor. Los cinco críos la rodeábamos y valorábamos a conciencia nuestra inminente elección. Nos correspondían cinco piezas a cada uno. Yo siempre buscaba las más redondas, mi hermano, las gordas, y mi hermana, las churruscadas. En eso no había discusión. Mis primas preferían las que parecían más blandas aunque delante de su padre no se atrevían a pelear por la misma croqueta. Habían aprendido a entablar la discusión en silencio y cada una retiraba con delicadeza la escogida. Se la mostraban a la otra con orgullo y las dos comían satisfechas creyéndose vencedoras de aquel reto mudo.
Mientras tanto, mi madre nos observaba desde la cocina, sentada en una banqueta de formica de un verde apagado cerca de su hermana que seguía de pie, cocinando, de espaldas a la escena. Mi padre fumaba apoyado en la barandilla del balcón un cigarrillo tras otro hasta que llegaba la hora de recoger los abrigos y marcharse.
Al despedirnos aquel día, Sara intentó meter la grasienta receta en mi bolso de plástico amarillo con flecos confesándome por lo bajinis que sólo yo conocería su secreto. Mi tío, alarmado por el gesto inesperado de su mujer y temeroso del contenido del escrito, me exigió que se lo entregara. Entonces no comprendí que requisara aquel regalo inocente pero la mirada crispada de mis padres implorándome que se lo diera me alertó de un peligro que entonces, yo ignoraba. Esa fue la última vez que comí las croquetas de mi tía.

Idoia Huici

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